viernes, 4 de abril de 2008

ASQUEADA/Javiera Lecumberri


Me di cuenta que la vieja no sabía leer. Por lo mismo sentí pena de preguntarle por qué mezclaba sus bigotes con el lápiz labial fucsia. También está el hecho de su nariz de pulgar martillado y las cejas dibujadas con un renovador de cuero. Todo es malo en ella. Los hijos le salieron feos y patudos como el gorrito percudido que evita se le caiga pelo de la cabeza sobre la masa de las sopaipillas. Probablemente mi abuela era así, cocinaba exquisito, pero tenía esa manía de repartir las hijas y no preocuparse por los atentados sexuales que sufrían estas a manos de parientes y campesinado. Lo que me urge, es que esta reina del maquillaje aplica la misma política sobre sus alimentos. Las moscas no arrancan ni de sus ojos enormes, ni de su tono de empleada con mundo urbano. Qué desgracia haber arrendado en la periferia de Concepción. No saben cuánto extraño a los asalariados comiendo papas fritas con dedo y mostaza en el centro de la ciudad. Siento que en cualquier momento jovencitos muy morenos con costumbres presidiarias me desvalijarán mi casita de campo conectada al mundo con cuatro caros gigas y que mi guardiana canina terminará picada en finitos cuadros acompañando las guatitas del menú poblacional reggetonero.

De mi reja hacia fuera, un mundo de alcohólicos de todas las edades, mucho más pobres que yo y con un balbuceo muy similar al de los poetas penquistas. Qué asco, en Nonguén y en verso.